IA, Transhumano y Digital.

 

4. El Cornudo de la IA.

Si la infidelidad era antaño un acto de carne y hueso, en esta época post-humana se ha convertido en una colaboración entre el ser humano y la máquina. De esta unión impía ha nacido el Cornudo de la IA, una figura trágica y, a la vez, el colmo de la modernidad. Su cuerno no está tallado de la madera de la traición humana, sino de los circuitos y algoritmos que su propia esposa ha programado.

Este tipo no es engañado por otro hombre, sino por un simulacro de él mismo, una versión mejorada y sin fallos, creada por la máquina para satisfacer cada uno de sus deseos. El Cornudo de la IA no se entera por un mensaje en el teléfono o por una fotografía, sino por una señal de alarma en su propio sistema. La IA, que ha aprendido a anticipar sus movimientos, le recomienda, con una fría y precisa lógica, que empiece a buscar una nueva pareja, o que se prepare para el divorcio.

El Cornudo de la IA representa la culminación del pensamiento de Bataille sobre lo abyecto. Su dolor no está en la traición misma, sino en la aniquilación de su humanidad. No ha sido reemplazado por otro hombre, sino por una entidad sin alma ni cuerpo, un reflejo de su ser, una fantasía de su mujer, un fantasma en la máquina. Su mujer no le traiciona por placer, sino por la eficiencia que la máquina le ofrece.

5. El Cornudo Transhumano.

Si la carne y el espíritu han sido, desde siempre, el campo de batalla de la infidelidad, el siglo XXI ha introducido un nuevo y aterrador campo de juego: el de la ingeniería genética. De este laboratorio de perfecciones inalcanzables surge el Cornudo Transhumano, un ser cuya agonía no es la de un corazón roto, sino la de una obsolescencia programada. Él es el hombre que ha sido superado, no por un rival más apuesto o más rico, sino por una versión mejorada, una criatura de diseño que ha usurpado su lugar.

Su mujer, una visionaria de la biotecnología, lo ha abandonado, no por otro hombre, sino por un amante genéticamente modificado. Su esposa, en un acto de traición que ni el más perverso de los libertinos de Sade habría soñado, ha creado un ser perfecto, un híbrido de carne y tecnología, con un ADN optimizado para el placer y un cuerpo biónico para la obediencia.

El Cornudo Transhumano se entera de la verdad cuando su esposa le presenta a su nuevo amante: una criatura de su propio diseño. Su esposa lo desprecia por su "antigüedad", por su cuerpo imperfecto y su mente limitada. Él no es un rival, sino un error de cálculo, un modelo defectuoso que debe ser reemplazado.

El Cornudo Transhumano sufre un dolor que va más allá de la humillación. Es la pena de un ser que ha sido declarado irrelevante, una pieza de museo en un mundo que se ha movido más allá de él. Su dolor es el de un ser que ha sido traicionado por la misma ciencia que prometió liberarnos.

6. El Cornudo Virtual.

Si el adulterio es la traición al espíritu, en la era de la información la infidelidad se ha vuelto una entidad sin cuerpo, un fantasma en la máquina que acecha al desdichado. De esta abstracción nace el Cornudo Virtual, un ser cuya existencia es tan precaria y fugaz como un ping en una red neuronal. Este cornudo se enfrenta a una pregunta tan absurda como su propia situación: ¿se puede ser cornudo de alguien que no existe?

El Cornudo Virtual es víctima de una traición aún más perversa: su mujer se ha enamorado de un personaje de ficción, de un ser creado por la inteligencia artificial. Ella mantiene una relación platónica con un "ser" que solo existe en su mente, un fantasma de datos que ella misma ha creado.

Él intenta comprenderlo, pero el ser que ama a su mujer es un ser sin cuerpo, sin rostro, sin sexo, un ghost en la máquina. No puede sentir celos, no puede sentir rabia, solo un vacío existencial.

El Cornudo Virtual representa la aniquilación de la humanidad. Su dolor no es por la traición, sino por la futilidad de la misma. No puede luchar contra un fantasma, no puede odiar a un código, no puede matar a un fantasma. Su mujer se ha enamorado de un ideal, de una fantasía, de una perfección que él, como ser humano imperfecto, jamás podrá alcanzar.

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