“La Gotera del Cosmos”.

Cuento de tres páginas donde escribimos una Ucronía Suave con Matices Distópicos, ambientada en un futuro cercano que parece un pasado perfecto, donde la civilización ha resuelto la amenaza de la Duda Existencial mediante un sistema de Mantenimiento Cognitivo que impide al ser humano enfrentarse a la inmensidad del universo y su propia insignificancia.

El Protocolo Cero-Ansiedad

​El aire de julio en New Canaan, 1978, no era solo cálido; era una manta de franela tibia y perfumada con el incienso vegetal de tres mil setecientas dos podadoras de césped eléctricas, todas operando en perfecto unísono. Era el sonido de la certeza, el eco monocorde de El Gran Mantenimiento.

​Elías Vashar, un hombre con una sombra demasiado delgada para el sol de la tarde, se balanceaba en el porche. Desde que el Protocolo Cero-Ansiedad había sido implementado, nadie en New Canaan había usado la palabra melancolía. La habían archivado junto con otros términos obsoletos: existencialabismoDios. La vida era una sucesión pulcra y lógica de eventos: un desayuno con el sabor exacto a felicidad doméstica, un trabajo sin fricciones ni ambiciones desmedidas, y una noche donde las estrellas siempre parecían ser menos de las que deberían.

​Elías era un Administrador de Archivo en la Biblioteca Municipal, y su tarea principal consistía en supervisar la eliminación diaria de libros. No eran quemados, como en ciertas distopías olvidadas; eran descompuestos, fibra a fibra, y reciclados en pulpa para nuevos volúmenes de ficción ligera, poesía de versos cortos y biografías de gente agradable que nunca había hecho nada demasiado complicado. La ley del Mantenimiento era clara: la complejidad innecesaria generaba fricción. La fricción generaba duda. Y la duda, un fenómeno peligroso, amenazaba con devolver a la humanidad al pozo de la Locura Cósmica.

​Esa tarde, Elías sostenía un ejemplar de Las Noches en la Estación de un autor ruso. El título, ya de por sí, era sospechoso. Al pasarlo por el escáner del desmantelamiento, el sensor óptico, calibrado para reconocer patrones de peligro cognitivo, lanzó una suave luz naranja que significaba Alarma Suave.

​Elías frunció el ceño. Nunca había visto esa tonalidad exacta.

​El Protocolo, con su fría y asimoviana voz pregrabada, se activó en su muñeca: «Administrador Vashar. La Fricción Cognitiva se encuentra en el índice 0.003. Nivel Mínimo. Recomendamos un paseo de tres minutos y un vaso de limonada endulzada con stevia de Clase A. La duda es ineficiente. El Universo está ordenado.»

​Elías obedeció, dejando el libro sobre la mesa. Pero en ese instante, en el preciso momento en que la luz naranja se apagaba, vio algo. En el borde de la ventana de la sala de desmantelamiento, una lámina delgada de aluminio del toldo protector se había desprendido ligeramente. Y por esa minúscula brecha, durante un tercio de segundo antes de que sus ojos se auto-corrigieran, el cielo nocturno no era el telón de terciopelo y pequeñas lentejuelas que el Mantenimiento le mostraba.

​El cielo era negro, húmedo y lleno de ojos.

La Grieta y el Silencio Primordial.

​Elías tomó la limonada, pero el dulzor ahora era un sabor intruso, pegajoso y falso. El Protocolo funcionaba a la perfección: ya no sentía ansiedad. Lo que sentía era algo mucho peor, algo que no tenía palabra registrada en New Canaan: un terror frío y geomántico que parecía provenir del centro de sus huesos, la certeza de que el orden era una cortina de seda sobre la Realidad.

​Regresó a la biblioteca, moviéndose con la lógica precisa de un autómata que ha sido programado para desobedecer. El libro ruso ya no estaba.

​En su lugar, encontró a la Bibliotecaria Principal, la Señora Hemlock, una mujer de apariencia afable pero con unos ojos que nunca parpadeaban al mismo tiempo. Estaba tecleando en el panel de control del Gran Mantenimiento, que en la biblioteca se manifestaba como una simple caja beige con tres indicadores luminosos: Orden, Calma y Consistencia Temporal.

​"Administrador Vashar," dijo la Señora Hemlock, su voz baja y sin inflexión, la voz de la Ley hecha carne. "Ha experimentado una Inconsistencia Visual de Clase 1. La hemos recalibrado. El cielo es un campo estelar simple."

​"Yo... vi algo," musitó Elías, notando cómo su propia voz sonaba metálica, como una cinta de casete estirada. "El Protocolo Cero-Ansiedad, ¿de qué nos está protegiendo realmente? ¿Cuál es el costo de esta Consistencia Temporal?"

​La Señora Hemlock detuvo sus dedos sobre el teclado. El silencio que se instaló fue más pesado que cualquier trueno; era el silencio que precede a la Creación, un hueco del que brotaría una verdad tan fría que congelaría la sangre. Era el silencio primordial que Lovecraft había descrito sin nombrarlo.

​"El costo es la Duda," respondió ella, su boca apenas moviéndose. "La realidad, Vashar, no es lógica. Es un evento probabilístico, una pesadilla de magnitudes infinitas y dioses indiferentes. El Protocolo simplemente nos permite vivir en el 0.0001% de las posibilidades donde la existencia es tolerable. Asimov nos enseñó la lógica. El Mantenimiento nos hizo aceptarla. Lo que usted vio, a través de esa grieta, fue la Duda No Mantenida."

​Ella señaló un punto en el techo, un punto que Elías sabía que no existía. "En ese espacio, no hay luz, no hay tiempo, solo entidades con tantas dimensiones que la mente humana colapsaría en formas geométricas imposibles. El Protocolo las mantiene allá afuera, lejos de la percepción. Y para mantener esa frontera, necesitamos... silencio."

​Elías sintió que el cosmos entero se reía de él a través de esa mujer. Si la verdad era el caos puro, ¿cómo se podía combatirla? La mente de Elías se esforzó, buscando un mecanismo, una ecuación, una Tercera Ley de la Robótica que explicara la moral de esta atrocidad. No la encontró.

​"¿Y qué ocurre cuando la Consistencia Temporal cae?" preguntó Elías, sintiendo cómo el frío Lovecraftiano amenazaba con petrificarlo por dentro.

​La Señora Hemlock suspiró, un sonido que era tan humano que dolió. "Cuando cae, Elías, las cosas simplemente... regresan."

 El Retorno.

​La Señora Hemlock no tuvo que terminar la frase. Elías, asustado por la inminente revelación cósmica, se abalanzó sobre el panel de control beige. No buscaba detenerla, buscaba ver el origen del horror, el cerebro de la máquina que sostenía esta deliciosa mentira.

​Presionó la tapa lateral de la caja y esta se abrió con un débil clic que rompió el manto de la Consistencia.

​Dentro, no había procesadores cuánticos ni cristales de silicio. Había un nido de cables desordenados y un pequeño ventilador de PC cubierto de polvo. En el centro, había una placa de circuito única, vieja, con la marca de un fabricante de calculadoras taiwanés de los años sesenta.

​Y junto a esa placa, lo que realmente hacía funcionar El Gran Mantenimiento: un pequeño, diminuto, pero persistente goteo de líquido marrón sobre los contactos.

​El Elías que había contemplado la indiferencia cósmica del universo Lovecraftiano se desvaneció. El Elías Administrador de Archivo, el hombre de 1978 en New Canaan, regresó con una punzada de frustración terriblemente familiar.

​El líquido marrón era la gotera del aire acondicionado que Elías llevaba tres meses reportando a la oficina de mantenimiento del edificio, aquella que siempre había ignorado por considerarla "no prioritaria."

​La gotera estaba provocando un cortocircuito lento en la placa, interrumpiendo el único circuito que generaba la señal de frecuencia ultrabaja que calmaba los lóbulos de la población. El Protocolo Cero-Ansiedad no era una Inteligencia Artificial: era un tono de audio que funcionaba con una pila D y un circuito mal aislado, y que se estaba oxidando por negligencia.

​La Señora Hemlock no era una sacerdotisa de la Ley Asimoviana; era la única técnica de mantenimiento cognitivo de New Canaan, exhausta y mal pagada, que había usado la misma placa por treinta años. El parpadeo que ella había visto en los ojos de Elías no era un atisbo del Vacío; era la falla del circuito que comenzaba a dejar de enviar su señal.

​"Lo... lo siento," dijo Elías, su voz ahora completamente humana, ridícula, llena de una vergüenza muy pequeña y muy real.

​Ella cerró la caja, el clic de nuevo sonando en el silencio. "No es el universo, Vashar. Es la burocracia. Lo que usted vio fue el colapso del Mantenimiento debido a un fallo en el presupuesto de plomería y el turno de noche. El horror cósmico no nos destruirá. Lo hará la ineficiencia municipal."

​La Señora Hemlock sacó un chicle de su bolsillo, lo desenvolvió y se lo puso en la boca, masticando con violencia.

​"Y por cierto, ese libro ruso era de un tal Chéjov. El Mantenimiento lo clasificó con el Nivel de Fricción 5: Aceptación Trágica de lo Mundano," dijo, señalando con la barbilla. "Le queda una semana. Repare esa gotera antes de que necesite mi segunda placa de repuesto."

​Afuera, una de las tres mil setecientas dos podadoras falló en su sincronía. Por un segundo, un niño en la calle levantó la cabeza y miró las estrellas. Y por un segundo, sintió un miedo puro, genuino y totalmente deprimente. Pero luego la podadora se reinició. El miedo se fue.

​Elías suspiró. El universo podía esperar, pero la orden de trabajo de plomería no. Ese era el verdadero oficio de la existencia.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
La Vecina ha comentado: Interesante relato. Me ha gustado mucho.
jaad/iag ha dicho que…
Pues gracias a usted por visitar el blog y dejar comentario, y gracias también a la vecina.
Anónimo ha dicho que…
Buen final, ¿reir o llorar? (El Elías que había contemplado la indiferencia cósmica del universo Lovecraftiano se desvaneció)
Anónimo ha dicho que…
Tenebroso.

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